Miguel Gil es uno de esos periodistas rodeados de un halo romántico por su admirable dedicación al periodismo y su prematura muerte, mientras cumplía con su profesión. Abogado con una vida acomodada en Barcelona, un día, según sus propias palabras, se cansó de coger el bus para ir al trabajo y decidió viajar en su moto hasta Kosovo, donde consiguió acreditación de periodista y cubrió aquella guerra, cruenta, como todas.Miguel era de esos que arriesgaban su vida en la zona de conflicto y en vez de permanecer en el seguro hotel de periodistas en la retaguardia se colaba entre líneas enemigas y convivía con las víctimas para después contar lo había visto con perspectiva. Tuvo una carrera fugaz y brillante, hasta que en Sierra Leona salió su número, y calló, junto a un periodista norteamericano, en una emboscada guerrillera.
A su muerte, más de cincuenta periodistas de todo el mundo, que fueron compañeros de Miguel sobre alguno de los frentes que pisó, escribieron un libro de homenaje titulado "Los ojos de la guerra" con vistas a financiar el premio Miguel Gil. Sin embargo la mejor manera de recordar a este periodista es aprender de su ejemplo.
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